sábado, 14 de enero de 2012

El Corredor, por Fabián Blanch

Este relato de Fabián Blanch nos enseña un excelente paralelismo que hay entre el corredor de un encierro y el corredor de un deporte.

EL CORREDOR, por Fabián Blanch

Proponía inquietud su mirada perdida y angustiada. Auguraba, su gesto contraído, una carrera difícil, complicada, inhumana casi. Sus aterrados ojos escrutaban la muchedumbre buscando algún gesto que le calmara, que le sosegara que le proporcionara alguna pizca de complicidad con la que liberarse de su nerviosismo y encontrar así la serenidad que le llevaría a correr rápido y convencido. Pero en aquel mar de tensión sólo veía rostros congestionados por la preocupación. Rostros en los que, como mucho, se dibujaba alguna mueca parecida a una sonrisa nerviosa e insustancial. Resoplando inquieto, miraba y remiraba su reloj barato. El tiempo parecía haberse detenido pocos minutos antes de la hora: de su hora. Hacía calor en aquel rincón del Norte de España.
Recordaban las temperaturas la proximidad del solsticio de verano: los días largos, las noches cortas. Sudaba a pesar del madrugón. El gentío, cada vez más agobiante, le producía ansiedad, sofoco, unas ganas terribles de que sonara aquel chupinazo y comenzara, de una vez por todas, su infierno soñado. Pero el tiempo no fluía entre sus manos, parecía haberse estancado en el anverso de su muñeca. Intentaba calmarse distendiendo sus agarrotadas piernas: bailoteaba torpemente, danzaba aprisionado en un exiguo palmo de terreno. Se arqueaba, brazos en jarra, sobre sus entumecidos lumbares y balanceaba la cabeza en un gesto mecánico, simple, inconscientemente calcado al del resto de corredores. A veces suspiraba y volvía a ojear el reloj. Ese reloj que se negaba a avanzar, paralizado como su ánimo. 
Entonces contrariado, resoplaba de nuevo y volvía a bailotear.El cohete sonó como un trueno en su azorada espera, justo al tiempo que el corazón luchaba por escaparse de su garganta. Un escalofrío le erizó la espalda y sintió derretirse sus piernas de gelatina. Tardó la multitud en moverse, en esponjar el espacio en esa turba comprimida e impenetrable, y cuando lo lizo, lo hizo lentamente, con calma desesperante. Miró hacia atrás atemorizado, angustiado, ansioso por echar a correr, pero no acertó a ver más allá de aquella cerrada curva. Cuando retornó su mirada al frente, su espacio se había expandido. Encontró entonces un asfalto sobre el que correr, sobre el que evolucionar con más facilidad. Arrancó rápido, sus ojos fijos en los que le antecedían. Notó que le alcanzaban, que le sobrepasaban incluso, y peleó por ganar a codazos un milímetro de holgura, luchó por desembarazarse de tanta apretura. Avanzó rápido, muy rápido. Alguien cayó enfrente a él, escorzó un gesto, lo salvó de puro milagro. Nuevamente ladeó la mirada: vio rostros desfigurados por el esfuerzo, por la tensión, por el miedo a quedar rezagados. Por un momento temió trastabillarse, desplomarse sobre aquel pavimento, ser pisoteado por la multitud, perder el tranquillo de su carrera, sin embargo consiguió aguantar. Trazó la curva a toda velocidad y encontró un nuevo espacio, un hueco desde el que evolucionar. En ese instante escuchó el bramido de la gente: sus aplausos, sus gritos de ánimo, sus alaridos de emoción, e inundó su mente un sólo pensamiento: correr lo más rápido posible, llegar lo más lejos posible, hasta el final...a ser posible.
Eran las siete y media de la mañana en Sabiñánigo. Junto a él, ocho mil frenéticos ciclistas iniciaban su calvario cruzando aquella línea de salida: doscientos y pico kilómetros les llevarían hasta el límite de su determinación. Se iniciaba la Quebrantahuesos... pero esa es otra historia.
Extraído del periódico nº7 de Bous en Almassora, vía Aficionats al Bou d´Almassora.